Maniquíes de ataque: La IA como propaganda

Lo que sigue es un esbozo, la base de un modelo de propaganda, centrado en lo que llamaré el «Complejo Industrial de la IA». Con el término Complejo Industrial de la IA, (AIIC) me refiero a la combinación de la capacidad tecnológica (o la falta de ella) con la promoción de la mercadotecnia, el bombo de los medios de comunicación y la actividad capitalista que busca disminuir el valor del trabajo y el talento humanos. Utilizo esta definición para distinguir entre el trabajo de los investigadores y tecnólogos prácticos y los esfuerzos de la clase propietaria por promover una idea: que la cognición de las máquinas es ahora, o pronto será, superior a las capacidades humanas. La incesante promoción de esta idea debería considerarse una campaña de propaganda.

Si no hay IA, ¿qué se está promoviendo?

En mi opinión, no existe ninguna tecnología que pueda llamarse «inteligencia artificial» (¿cómo podemos diseñar algo que aún no hemos definido de forma decisiva?) y que, en los niveles más sofisticados del gobierno y la industria, se conocen muy bien las limitaciones reales de lo que es esencialmente la coincidencia de patrones, potenciada por (por ahora) un abundante almacenamiento y poder computacional. La existencia de departamentos universitarios y divisiones corporativas dedicadas a la «IA» no significa que ésta exista; es una prueba de que el uso del término, al que se aspira desde que lo acuñó el informático John McCarthy en 1956, tiene un gran valor memético. Una vez filtrada la propaganda inspirada en el «hustling» de Silicon Valley (la interminable búsqueda para atraer capital de inversión y clientes crédulos), nos queda la promoción destinada a moldear la percepción común sobre lo que es posible con la potencia de los ordenadores. 

Como ejemplo, consideremos el caso de la declaración del informático Geoffrey Hinton en 2016 de que «deberíamos dejar de formar a los radiólogos ahora» Desde entonces, una amplia investigación ha demostrado que esto ha sido, como mínimo, prematuro (véase «Uso de la inteligencia artificial para el análisis de imágenes en los programas de cribado del cáncer de mama: revisión sistemática de la precisión de las pruebas»).

Es tentador ver esto como una exageración temporalmente embarazosa de una entusiasta luminaria del campo -otro ejemplo de bombo y platillo familiar-, pero profundicemos y hagamos preguntas sobre la economía política que subyace a este exceso de mensajería.

Hinton sobre la radiología en 2016

Los radiólogos son caros y, en Estados Unidos, están muy demandados (de hecho, hay escasez de personas cualificadas). La escasez de mano de obra suele conducir a salarios más altos y mejores condiciones de trabajo y forman las condiciones materiales que crean lo que algunos llaman aristocracias laborales. En el pasado, esa escasez se abordaba mediante el impulso de la formación y los incentivos a los trabajadores (como las fastuosas prebendas que eran habituales en las primeras décadas de la era tecnológica).

Si esta situación pudiera evitarse mediante el uso de la automatización, eso devaluaría el trabajo cualificado que realizan los radiólogos, resolviendo el problema de la escasez y aumentando al mismo tiempo el poder de los propietarios sobre el personal restante.

La promoción de la idea de la radiología automatizada -independientemente de las capacidades realmente existentes- resulta atractiva para la clase propietaria porque encierra la promesa de debilitar el poder de la mano de obra y aumentar -mediante la reducción de los costes de personal y una mayor escalabilidad- la rentabilidad. Digo promoción, porque hay una gran brecha entre lo que los sistemas algorítmicos se comercializan como capaces de hacer, y la realidad. Esta brecha, que, como he dicho antes, es bien comprendida por las personas más sofisticadas del gobierno y la industria, no es importante para el objetivo más amplio de convencer a la población en general de que sus esfuerzos laborales pueden ser sustituidos por máquinas. El resultado más importante no son las máquinas pensantes (que parece ser un objetivo remoto, si es que es posible) sino una población desmoralizada, sometida a un laberinto de burdos sistemas automatizados que se describen como mejores que las personas obligadas a navegar por la vida a través de estos sistemas.

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